jueves, 18 de febrero de 2010

Hogar, dulce hogar

Sábado 13 de febrero de 2010, Caguas, Puerto Rico

A Sandra y Mami, por ser ellas misma y compartirme a Daniel

Hace como tres años atrás, llegó a mis manos el genial libro Mariconerías de Daniel Torres, me lo prestó Lulu, y luego leí Cabronerías en la biblioteca. Los libros me tenían encantada, se los mostré a Ricardo y los disfrutamos mucho. Seis meses después de ese primer encuentro con la literatura de Daniel, guié por la facultad a uno de sus grupos de extranjeros, y fue la primera vez que nos presentaron.
Pero no sería hasta hace año y medio que tendría la oportunidad de tratar con él, cuando Roberto O. Manzanilla le pidió que nos diera un taller de escritura. Estaba preocupada, porque vamos, él es doctor, da clases en la Universidad de Ohio, tiene más de cinco libros publicados, y ha ganado premios literarios por algunos de ellos… y yo sólo escribo un par de páginas al mes… Pero me tranquilizó que Roberto constantemente me comentara que Daniel es una persona linda y humilde.
En efecto, nos instruyó de una forma sincera, pero sobre todo, muy amena. Al final del taller, Daniel nos mostró fragmentos de un nuevo poemario que estaba realizando, en especial dos poemas. Pregunto a Roberto y a mí que qué nos parecían, sencillamente nos parecían perfectos. En ese momento Daniel cambió un par de pronombres, artículos y sílabas, y el poema dio todo un giro…
Había llegado a pensar en mis cuentitos como rompecabezas, donde cada palabra era una pieza irreemplazable, con Daniel aprendí que cada pieza es una maquina de partes muy finas que deben engranarse con cuidado, o la maquina no funcionará y puede echar a perder lo demás, sobre todo para quienes escribimos cosas breves.
Fue después de este taller, que Daniel pidió a Roberto y a mí que comentáramos la contraportada de su libro De Bellaqueras. Me sigue pareciendo increíble que el primer libro que he comentado sea, nada menos, que de Daniel Torres.
Pero la historia no queda ahí. Después de presentar De Bellaqueras, no he dejado de escribirme con Daniel, estoy teniendo la gran oportunidad de conocer la isla que lo creció, y él hizo arreglos para que este sábado, conociera a su familia…
Así que Iván, Claudette y yo tomamos guagua pa’ Caguas. Nos encontramos con Sandra, hermana de Daniel, a unas calles de la estación, nos invitó a Willy’s, un bar donde ella cocina de vez en cuando.

Sandra tiene una forma de expresarse tan viva y tan jovial, que una la siente como a una amiga de años. Todo Caguas la conoce, bromeamos con que le harían una estatua, porque en verdad no hay esquina donde pase Sandra que no la saluden, como me la describió Daniel “es una agente de relaciones públicas”.
Luego fuimos a casa de Mami, es una mujer con sonrisa dulce y mirada que arropa, todo en ella indica que uno ha llegado a casa…

El departamento empezó a oler delicioso, Sandra estaba preparando la carne encebollada,

y el arroz estaba en su punto.

Mami nos mostró los dulces que nos esperaban después del almuerzo.

La infancia se me presentó de golpe. No quería dejar de moverme. Mami nos mostró todas las fotos del departamento, las fotos de Daniel, los recuerdos que Daniel le trae de México, como la blusa que Mami llevaba puesta; nos mostró también la cancha detrás del departamento, y nos invitó al balcón.

El papá de Daniel Torres:
Ito, el hermano de Dani:
La familia de Dani:
(Y con todo esto duerme Carlos):

Luego fuimos al departamento de Sandra, ella cocina tratando de que sea lo más natural posible, el recadillo lo siembra en su propio apartamento.

Esto es difícil si ponemos en perspectiva, que la gran mayoría de la comida en Puerto Rico, se encuentra lista con un minuto en el microondas. Sandra nos dijo reiteradas veces lo mucho que ama a sus hermanos, es en verdad, un amor inmenso el que se tienen.
Una nota que Sandra enmarcó:
Los libros que Sandra tiene de Dani:
Otros retratos en el departamento de Sandra:
El altar en el cuarto de Sandra:

Cuando volvimos con Mami la comida estaba terminada. Es la primera comida en Puerto Rico que puedo llamar casera. Además, nos dieron ajíes (se parecen al ixcatic), que en Puerto Rico -me comentó Daniel- no se muerden, sólo se ponen dentro de la comida. Iván y yo los mordimos y tragamos cual mexicanos acostumbrados al chile (y eso que yo ahora casi no como picante por mi gastritis). Según Daniel, Mami no salía de su asombro.

Se nos hizo tarde y Sandra tuvo que regresarnos en carro a Río Piedras, estuve tratando de convencerla para que visite Mérida, sería tan lindo pasearla.
Daniel me comentó que aún fue adoptado por una familia acomodada, siempre regresó a Caguas, el caserío, pueblo del bueno. Ahora entiendo porqué Daniel Torres no podía ser menos dulce, ni menos humilde.
Estoy más que agradecida con Dani, por enseñarme sobre escritura, por ofrecerme su amistad y porque presentarme a su familia, fue como mirar el centro de una fruta hermosa y deleitarse con su aroma. Hay mil cosas que le debo a Roberto, donde la amistad de Daniel es la más importante.
Recomiendo escuchar, la canción que hace poco le dediqué a Ricardo, “Siempre a mí” de Gloria Trevi.

2 comentarios:

valmar1 dijo...

Hola Rita, este crónica, artículo, recorrido de vida y de sinuosas propuestas de vida es de un gran calibre artístico y literario.
Una vez me dijiste en Café chocolate que lo tuyo es la investigación literaria y yo me permito agregar que también la novela.
Ilustra la vida con letras, tienen cadencia y poesía.
Un abrazo y pasenla bello en la isla del encanto.
Gerardo Martínez

Rita Jardcor dijo...

mil gracias! espero pronto revisar tu bló, como verás hace 2 semanas que no actualizo el mío, un abrazo.